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REGLA
MASÓNICA AL USO DE LAS
LOGIAS RECTIFICADAS
PREÁMBULO
¡Oh,
tú, que acabas de iniciarte en las lecciones de la sabiduría!
¡Hijo de la virtud y de la amistad! ¡Presta oído
atento a nuestras instrucciones, y que tu alma se abra a los nobles
preceptos de la Verdad! Te enseñaremos el camino que lleva
a la vida dichosa y feliz; te enseñaremos a complacer al
Autor de tus días y a utilizar con energía y éxito
todos los medios que la Providencia te ofrece para ser útil
a los hombres y saborear los encantos de la beneficencia.
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Artículo
Primero. DEBERES CON DIOS Y LA RELIGIÓN
I.
Tu primera ofrenda pertenece a la Divinidad. Adora al Ser
pleno de majestad que creó el universo por un acto de su voluntad,
que lo conserva por efecto de su acción continuada, que llena
tu corazón, y que tu espíritu limitado no puede concebir
ni definir. Compadece el triste delirio de aquel que cierra sus ojos
a la luz y se pasea por las espesas tinieblas del azar. Que tu corazón
enternecido y reconociendo los beneficios paternales de tu Dios, rechace
con desprecio estos vanos sofismas, que prueban la degradación
del espíritu humano cuando se aleja de su origen. Eleva siempre
que puedas tu alma por encima de los seres materiales qué te
rodean, y lanza una mirada plena de deseo hacia las regiones superiores
que son tu herencia y tu verdadera patria. Ofrece a Dios el sacrificio
de tu voluntad y de tus deseos, hazte digno de esas influencias vivificantes,
cumple las leyes que Él quiere que cumplas como hombre en tu
existencia terrenal. Complacer a Dios, he ahí tu dicha; estar
siempre unido a Él, ésta debe ser tu mayor ambición
y la brújula de tus acciones.
II.
¿Cómo osarías sostener su mirada, tú,
ser frágil, que infringes a cada instante sus leyes y ofendes
su santidad, si su bondad paternal no te proporcionara un reparador
infinito? Abandonado a los extravíos de tu razón, ¿dónde
hallarías la certeza de un porvenir consolador? Entregado a la
justicia de tu Dios, ¿dónde estará tu refugio?
Da pues gracias a tu Redentor; prostérnate ante el Verbo encarnado,
y bendice a la Providencia que te ha hecho nacer entre los cristianos.
Profesa en todo lugar la Divina Religión de Cristo, y no te avergüences
de pertenecer a ella. El Evangelio es la base de nuestras obligaciones;
si no creyeras en Él dejarías de ser Masón. Muestra
en todas tus acciones una piedad esclarecida y activa, sin hipocresía
ni fanatismo; el Cristianismo no se limita a unas verdades especulativas;
practica todos los deberes morales que enseña, y serás
feliz; tus contemporáneos te bendecirán y te presentarás
sin turbación ante el trono del Eterno.
III.
Sobre todo imbúyete de este principio de caridad y
de amor, base de esta Santa Religión; lamenta el error sin odiarlo
ni perseguirlo, deja únicamente a Dios el acto de juzgar, y contente
con amar y tolerar. ¡Masones! ¡Hijos de un mismo Dios! ¡Reunidos
por una creencia común en nuestro Divino Salvador!, que este
vínculo de amor nos una estrechamente y haga desaparecer todo
prejuicio contrario a nuestra concordia fraternal.
Artículo
Segundo. INMORTALIDAD DEL ALMA
I.
¡Hombre! ¡Rey del mundo! ¡Obra maestra de la creación
que Dios animó con su Aliento!, medita tu sublime destino. Todo
lo que vegeta alrededor de ti, y que sólo tiene una vida animal,
perece con el tiempo, y está sometido a su dominio: sólo
tu alma inmortal, emanada del seno de la Divinidad, sobrevivirá
a las cosas materiales y no morirá jamás. He ahí
tu verdadero título de nobleza; siente con fuerza tu dicha, pero
sin orgullo: él pierde a tu raza y te precipita otra vez en el
abismo. ¡Ser degradado!, a pesar de tu primitiva grandeza, ¿quién
eres tú delante .del Eterno? Adórale desde el polvo y
separa cuidadosamente este principio celeste e indestructible de mezclas
extrañas; cultiva tu alma inmortal y perfeccionable, y hazla
susceptible de ser unida al origen puro del bien, entonces será
liberada de los groseros vapores de la materia. Es así que serás
libre en medio de la esclavitud, dichoso en el centro mismo de la desgracia,
inamovible en el más fuerte de los temporales y podrás
morir sin temor.
II.
¡Masón!, si jamás llegas a dudar de la
naturaleza inmortal de tu alma, y de tu alto destino, la iniciación
será estéril para ti; dejarás de ser el hijo adoptivo
de la sabiduría, y serás confundido con la multitud de
seres materiales y profanos, que deambulan entre las tinieblas.
Artículo
Tercero. DEBERES CON EL SOBERANO Y LA PATRIA
I.
El
Ser Supremo confía de forma muy cierta sus poderes sobre la Tierra
al Soberano; respeta y ama su autoridad legítima sin importar
dónde esté el rincón de la Tierra que habites;
tu primera ofrenda pertenece a Dios, el segundo, a tu Patria.
El hombre errante en las selvas, sin cultura y huyendo de sus semejantes,
sería impropio para cumplir con los designios de la Providencia
y alcanzar toda la dicha que le está reservada. Su ser se engrandece
en medio de sus semejantes; su espíritu se fortifica contrastando
opiniones; pero una vez en medio de la sociedad, tendrá que combatir
sin cesar el interés personal y las pasiones desordenadas; y
la inocencia pronto sucumbiría bajo la fuerza o bajo las astucias.
Son necesarias, pues, las leyes para guiarle, y responsables para mantenerlas.
II.
¡Hombre
sensible!, que honras y respetas a tus padres; honra del mismo modo
a los padres del Estado y ruega por su conservación; son los
representantes de la Divinidad en la Tierra. Si se desvían, responderán
de ello ante el Juez de los Reyes; mas tu propio juicio te puede engañar,
y jamás te exime de obedecer. Si faltas a este deber sagrado,
si tu corazón no se estremece con el dulce nombre de la Patria
y de tu Soberano, la Masonería te rechazará de su seno
como refractario al orden público, como indigno de participar
de los privilegios de una asociación que merece la confianza
y la estima de los gobiernos, ya que uno de sus principales móviles
es el patriotismo y que, celosa de formar a los mejores ciudadanos,
exige que sus afiliados cumplan, con el máximo celo y por los
motivos más depurados, todos los deberes de su estado civil.
El soldado con más coraje, el juez más íntegro,
el maestro más afable, el servidor más fiel, el padre
más amoroso, el esposo más constante, el hijo más
sumiso, debe ser el Masón, ya que, las obligaciones usuales y
comunes del ciudadano han sido santificadas y reforzadas por los votos
libres y voluntarios del Masón, y quien no las cumpla juntará
a esa flaqueza, la hipocresía y el perjurio.
Artículo
Cuarto. DEBERES CON TODA LA HUMANIDAD
I.
Pero
si el círculo patriótico que te abre un camino tan fecundo
y satisfactorio, no ocupa toda tu actividad; si tu corazón sensible
quiere rebasar los límites patrios y abrasar con este calor humano,
a todos los hombres, a todas las naciones: si, remontándote a
nuestro común origen, te complaces en amar tiernamente a todos
aquellos que tienen los mismos órganos, la misma necesidad de
amar, el mismo deseo de ser útiles y un alma inmortal como la
tuya, ven entonces a nuestros templos a ofrecer tu homenaje a la santa
humanidad; el universo es la patria del Masón, y nada de lo que
tenga que ver con el hombre, le es extraño.
II.
Mira con respeto este edificio majestuoso, destinado a estrechar los
lazos demasiado relajados de la moral; ama a una asociación general
de almas virtuosas, capaces de exaltarse, repartidas por todos los países
donde la razón y las luces han penetrado, reunidas bajo el estandarte
santo de la humanidad, regida por leyes sencillas y uniformes. Siente,
en definitiva, el objetivo sublime de nuestra Santa Orden: consagra
tu actividad y toda tu vida a la beneficencia; ennoblece, purifica y
fortifica esta generosa resolución, trabajando sin descanso por
tu perfeccionamiento y uniéndote mucho más íntimamente
con la Divinidad.
Artículo
Quinto. BENEFICENCIA
I.
Creado
a imagen de Dios, quien se ha dignado comunicarse a los hombres y derramar
sobre ellos la dicha, acércate a ese modelo infinito, por una
voluntad constante de verter sin cesar sobre todos los otros hombres
todo cuanto de dichoso esté en tu poder. Todo lo que el espíritu
puede concebir de bueno es el patrimonio de la Masonería.
II.
Contempla
la penuria impotente de la infancia, que reclama tu ayuda; considera
la inexperiencia funesta de la juventud, que solicita tus consejos;
cifra tu felicidad en preservarla de los errores y de las seducciones
que la amenazan; estimula en ellos la llama del fuego sagrado del ingenio
y ayúdales a desarrollarse para la felicidad del mundo.
III.
Todo
ser que sufre o gime tiene derechos sagrados sobre ti, guárdate
de ignorarlos: no esperes más que el grito punzante de la miseria
te reclame; prevé de antemano y reconforta al infortunado tímido;
no envenenes, con la ostentación de tus dones, las fuentes de
agua viva donde los desventurados deben calmar su sed; no busques la
recompensa de tu beneficencia en los vanos aplausos de la multitud;
el Masón la encuentra en la aprobación tranquila de su
conciencia y en la sonrisa fortificante de la Divinidad, bajo cuya mirada
se encuentra sin cesar.
IV.
Si
la Providencia generosa te concede algo que te sea superfluo, guárdate
de hacer de ello un uso frívolo y derrochador; Ella quiere que
por iniciativa libre y espontánea de tu alma generosa, te vuelvas
sensible a la distribución equitativa de bienes, que entra en
sus planes; goza de esta bella prerrogativa. Que jamás la avaricia,
la más sórdida de las pasiones, no envilezca tu carácter,
y que tu corazón se eleve por encima de los fríos y áridos
cálculos que ella sugiere. Si jamás viniera a desecar
tu corazón con su soplo triste e interesado, huye de nuestros
talleres de caridad, no tendrían atractivo para ti, y nosotros
ya no podríamos reconocer en ti la pasada imagen de la Divinidad.
V.
Que
tu beneficencia sea esclarecida por la religión, la sabiduría
y la prudencia; tu corazón querría abarcar las necesidades
de la humanidad entera, pero tu espíritu debe escoger las más
apremiantes y las más importantes. Instruye, aconseja, protege,
da, alivia todo a tu alrededor; no creas jamás haber hecho bastante,
y no descanses en tus obras, si no es para mostrar una renovada energía.
Entregándote así a los impulsos de este apasionamiento
sublime, una fuente inagotable de gozo se prepara para ti: tendrás
en esta Tierra el sabor anticipado de la felicidad celeste, tu alma
se engrandecerá y satisfarás todos los instantes de tu
vida.
VI.
Cuando
sientas que tus posibilidades son limitadas, que tú solo no puedes
bastarte para el bien que quisieras hacer y tu alma se entristezca por
ello, ven entonces a nuestros templos; verás el nudo sagrado
de beneficencia que nos une, y concurriendo eficazmente con todas tus
facultades, a los planes y a las propuestas beneficiosas que la asociación
masónica te presenta y que realiza, felicítate por ser
ciudadano de este mundo mejor: saborea los dulces frutos de nuestras
fuerzas combinadas y concentradas en un mismo objetivo: entonces tus
recursos se multiplicarán, ayudarás a hacer mil dichosos
en lugar de uno y tus deseos serán coronados.
Artículo
Sexto. OTROS DEBERES MORALES CON LOS HOMBRES
I.
Ama
a tu prójimo como a ti mismo, y no le hagas jamás aquello
que no quieras que te hagan. Sírvete del don sublime de la palabra,
signo exterior de tu dominio sobre la naturaleza, para salir al paso
de las necesidades del prójimo, y para encender en todos los
corazones el fuego sagrado de la Virtud. Sé afable y servicial,
edifica con tu ejemplo, comparte la felicidad de los demás sin
celos. No permitas jamás a la envidia elevarse ni un solo instante
en tu interior, enturbiaría el manantial puro de tu dicha, y
tu alma sería presa de la más triste furia de remordimientos.
II.
Perdona
a tu enemigo; no te vengues de él más que por tus buenas
obras: este sacrificio generoso, sublime precepto que debemos a la religión,
te proporcionará los placeres más puros y deliciosos;
volverás a ser la viva imagen de la Divinidad, que perdona con
bondad celeste las ofensas del hombre, y lo colma de gracias a pesar
de su ingratitud. Acuérdate siempre que éste es el triunfo
más bello que la razón pueda obtener sobre el instinto,
y que el Masón olvida las injurias, pero jamás las buenas
obras.
Artículo
Séptimo. PERFECCIÓN MORAL DE SÍ MISMO
I.
En
tu entrega al bien del prójimo, no olvides nunca tu propia perfección
y no descuides satisfacer las necesidades de tu alma inmortal. Desciende
a menudo hasta el fondo de tu corazón, para escudriñar
en él hasta los rincones más escondidos. El conocimiento
de ti mismo es el gran eje de los preceptos masónicos. Tu alma
es la piedra bruta que es necesario desbastar: ofrece a la Divinidad
el homenaje de tus sentimientos ordenados, y de tus pasiones vencidas.
II.
Que las costumbres castas y severas sean tus compañeras inseparables,
y te vuelvan respetable a los ojos de los profanos; que tu alma sea
pura, recta, veraz y humilde. El orgullo es el enemigo más peligroso
del hombre, lo mantiene en una confianza ilusoria de sus fuerzas. No
tener en cuenta el fin para el cual has venido, retrasa tu progreso:
mantente firme hacia el lugar que debes alcanzar; la corta duración
de tu paso por este mundo, apenas te permite la esperanza de alcanzarlo.
Quita a tu amor propio el alimento peligroso de la comparación
con aquellos que están detrás de ti: siente más
bien el estímulo de una imitación virtuosa, mirando a
modelos más perfectos que van por delante de ti.
III.
Que jamás tu boca altere los pensamientos secretos de tu corazón,
que sea siempre el órgano veraz y fiel: un Masón que se
despoje de su candor, para tomar la máscara de la hipocresía
y de las artimañas, será indigno de estar entre nosotros,
y sembrando la desconfianza y la discordia en nuestros apacibles templos,
pronto se convertirá en el horror y el azote.
IV.
Que
la idea sublime de la omnipresencia de Dios te fortifique, te sostenga;
renueva cada mañana el deseo de ser mejor: vela y reza. Y cuando
al anochecer tu corazón satisfecho te recuerde una buena acción,
o alguna victoria conseguida sobre ti mismo, únicamente entonces,
reposa tranquilamente en el seno de la Providencia y repón nuevas
fuerzas.
V.
Estudia el sentido de los símbolos y los emblemas
que la Orden te presenta. La naturaleza misma vela la mayor parte de
sus secretos; ella debe ser observada, comparada y algunas veces sorprendida
en sus efectos. De entre todas las ciencias que presenten los resultados
más brillantes en la industria y en el progreso de la sociedad,
observa a aquella que te enseñe las relaciones entre Dios, el
universo y tú, colmará los deseos de tu alma celeste,
y te enseñará a cumplir mejor con tus deberes.
Artículo
Octavo. DEBERES CON LOS HERMANOS
I.
De la multitud inmensa de seres de que este universo está poblado,
tú has elegido por un deseo libre a los Masones como tus hermanos.
No olvides jamás que todo Masón, de cualquier comunión
cristiana, país o condición que sea, al presentarte su
mano derecha, símbolo de la franqueza fraternal, tiene derechos
sagrados sobre tu asistencia y sobre tu amistad. Fiel al deseo de la
naturaleza, que es la igualdad, el Masón restablece en sus templos
los derechos originales de la familia humana, no sacrificándolos
jamás a los prejuicios populares, y el nivel sagrado iguala aquí
todas las condiciones. Respeta en la sociedad civil las distancias establecidas
o toleradas por la Providencia; a menudo el orgullo las imagina, y sería
muestra de orgullo el criticarlas, y querer desconocerlas. Pero guárdate,
sobre todo, de establecer entre nosotros distinciones ficticias que
desaprobamos; deja tus dignidades y tus decoraciones profanas en la
puerta, y no entres más que con la escolta de tus virtudes. Sea
cual sea tu rango en el mundo, cede el paso en nuestras Logias al más
virtuoso, al más esclarecido.
II.
No
te avergüences nunca en público de un hombre oscuro pero
honesto, que a nuestro amparo, tú abrazaste como Hermano unos
instantes antes; la Orden se avergonzaría de ti por tus actos
y te enviaría con tu orgullo, para lucirlo en las farsas profanas
del mundo. Si tu hermano está en peligro, corre en su ayuda,
y no dudes en arriesgar tu vida por él. Si está necesitado,
vierte sobre él tus tesoros, y alégrate de poder emplearlos
tan satisfactoriamente; has jurado ejercer la beneficencia con todos
los hombres en general, la debes con preferencia a tu Hermano que sufre.
Si está en el error y se extravía, ve a él con
las luces del sentimiento, de la razón y de la persuasión;
conduce a la virtud a los seres que titubean, y levanta a los que están
caídos.
III.
Si tu corazón herido por ofensas verdaderas o imaginarias, alimenta
alguna enemistad secreta en contra de uno de tus Hermanos, haz que se
desvanezca al instante la nube que se levanta entre vosotros; llama
en tu ayuda a algún árbitro desinteresado, reclama su
mediación fraternal: pero no traspases nunca el umbral del templo
sin antes haber depuesto todo sentimiento de odio o de venganza. Invocarías
en vano el nombre del Eterno, pues para que Él se digne estar
en nuestros templos, deben estar purificados por las virtudes de los
hermanos y santificados por su concordia.
Artículo
Noveno. DEBERES CON LA ORDEN
I.
Desde
que fuiste admitido a participar de los privilegios que resultan de
la asociación Masónica, tú le has ofrecido tácitamente
a cambio una parte de tu libertad natural; cumple pues, estrictamente,
las obligaciones morales que ella impone; ajústate a sus sabios
reglamentos y respeta a aquellos que la confianza general ha designado,
para ser los guardianes de las leyes y los intérpretes del punto
de vista general. Tu voluntad en la Orden está sometida a la
de la Ley y a los superiores: serás un mal hermano si pretendes
desconocer esta subordinación necesaria en toda sociedad, la
nuestra se vería forzada a excluirte de su seno.
II.
De entre todas las leyes, hay una que tú has prometido ante el
Cielo su más escrupulosa observancia: es la del secreto absoluto
e inviolable de nuestros rituales, ceremonias, signos y la forma de
nuestra asociación. Guárdate de creer que este compromiso
sea menos sagrado que los juramentos que hayas prestado en la sociedad
civil. Fuiste libre para pronunciarlo, pero no lo eres para romper el
secreto que te compromete. El Eterno, que invocas como testigo, la ha
ratificado: teme a las penas destinadas al perjuro: no escaparías
jamás al suplicio de tu corazón, y perderías la
estima y la confianza de una sociedad numerosa, que tendría derecho
a declararte sin fe y sin honor.
-.·.
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Si las
lecciones que la Orden te ofrece, para facilitarte el camino de la verdad
y la felicidad, se graban profundamente en tu alma dócil y abierta
a los efectos de la virtud; si las máximas saludables, que marcan,
por así decirlo, cada paso que des en tu carrera masónica,
se vuelven tus propios principios y la regla invariable de tus acciones,
¡oh, hermano mío!, ¡cuál será nuestra
alegría! Cumplirás tu sublime destino, recobrarás
esa semejanza divina, que formaba parte del hombre en su estado de inocencia,
que es el objetivo del Cristianismo, y del cual la iniciación
Masónica hace su objeto principal. Te volverás la criatura
amada del Cielo: sus bendiciones fecundas recaerán sobre ti,
y mereciendo el título glorioso de sabio, siempre libre, feliz
y estable, pasarás por ésta Tierra como los reyes, benefactor
de los hombres, y modelo de tus hermanos.
Para saber más
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